En Bellavista hay un Starbucks. Claro que en cada esquina posible de Santiago, especialmente la zona centro alta, tirada a Providencia y Las Condes, hay un Starbucks, pero yo he disfrutado de forma particular cada uno de ellos. El aroma a café y a dulce, algo no tan cargado. Mi ex pareja solía decir que no era café de verdad y que no sabía cómo yo lo disfrutaba tanto —claro que él tomaba café brasileño— pero nunca se trató de lo que yo pudiera estar bebiendo.
Mi papá, las pocas veces que nos juntábamos después del colegio, jamás llegaba a las puertas del María, sino que, como adulto al que jugaba a ser, nos reuníamos en el Starbucks de Bellavista a conversar. Siempre se trataba de conversaciones. Yo jamás me pedía “café de verdad”, un simple frapuccino de frutilla, y hablábamos por horas.
LO IMPORTANTE ERA QUE MI PAPÁ ESTABA AHÍ.
Estaba sentado frente a mí, intentando encontrar alguna forma de ser mi papá mientras su propia vida comenzaba a desarmarse. Yo era un niño intentando comportarse como adulto y él era un adulto intentando no parecer perdido. Supongo que por eso funcionaba.

Supongo que mi relación con el café comenzó mucho antes, aunque durante mucho tiempo no lo entendí así. En Peñaflor, el café estaba en la cocina de mi familia, en las mañanas, en las visitas, en las conversaciones que ocurrían mientras alguien preparaba algo para comer.
Con los años, mi papá comenzó a tomarse el café mucho más en serio. Aprendió a prepararlo de distintas maneras, a distinguir sabores, a preocuparse por las máquinas y por los granos. Después mi hermano comenzó a interesarse también. Era extraño ver cómo algo tan sencillo se iba transmitiendo entre nosotros sin que nadie se sentara a enseñarlo formalmente.
Yo quería trabajar en Starbucks. Quería conocer esa coreografía secreta detrás del mesón, dejar de ser la persona que se sentaba al otro lado para convertirme, aunque fuera por unas horas, en alguien que sabía exactamente qué estaba haciendo.
Starbucks también comenzó a aparecer en mis viajes. O, más específicamente, en mis regresos. El del aeropuerto era una parada. Un ritual. Una manera de decirme que ya había vuelto.
Y también, sin darme cuenta, terminé llevando a todas mis parejas a algún Starbucks. Quizá se había convertido en una especie de territorio conocido para mí. Un lugar donde sabía cómo sentarme, qué pedir, dónde mirar, qué hacer con las manos.
HASTA QUE LLEGÓ ELLA.
Fuimos a un Starbucks juntos y ocurrió una cosa ridícula, casi insignificante: pedí un frapuccino diferente.
Después nos sentamos. Ella comenzó a hablar. Recuerdo la manera de iluminarse cuando encontraba una palabra que le gustaba, la sonrisa nerviosa que aparecía de vez en cuando. Yo la miraba y tomaba un sorbo de mi frapuccino diferente.

Y PENSÉ QUE QUIZÁS ESO ERA EL CAFÉ PARA MÍ.
No el café de verdad de mi papá. No el café en polvo de mi tía. Tampoco el café del aeropuerto, ni el de Bellavista. Era simplemente esto: sentarse frente a alguien y compartir algo mientras afuera la ciudad seguía pasando.
SE TRATABA DE QUIÉN ESTABA SENTADO AL OTRO LADO DE LA MESA.
