En las últimas semanas había estado visitando una cafetería local en un barrio viejo de Maipú, en una esquina de calles inclinadas con vista al Templo Votivo.
Dentro, encontraba libros de varias épocas en casi toda la extensión de la pared que daba al este, juegos de mesa y un piano de pared hacia el norte.
Me parecía un tanto particular cierto sillón que, desde la entrada, apenas se veía. Estaba empotrado contra una pared negra que hacía las veces de pizarra para quienes se atrevieran a dibujar o escribir con tizas.
Algunos nos sentábamos horas a dejar fluir la pluma.
No era inusual verme visitando Coffee Culture aquellos días que salía más temprano del trabajo. Quizás con la esperanza de conocer a alguna persona que, como yo, estuviese buscando lo mismo: una mirada inequívoca, una conversación casual y un desenlace por escribir.
Sin embargo, eso no pasó.
Fuera de aquel local conocí el amor. Seguí visitando la cafetería con su sillón inmutable. Esta vez, acompañado.
Con un tono medio en broma, pero preocupantemente serio, una de las baristas nos desaconsejó sentarnos en el sillón de terciopelo desgastado y oscuro.
CADA VEZ QUE UNA PAREJA ELEGÍA SENTARSE ALLÍ, SU RELACIÓN SE QUEBRABA IRREPARABLEMENTE.
Eran ya ocho años de observación del mismo patrón repitiéndose. Decidimos, entonces, jamás sentarnos ahí.

Ya fuese por cansancio o por la muchedumbre constante, cedimos en alguna ocasión en que el tablero de ajedrez estaba dispuesto en la modesta mesa de centro paralela al sillón.
Probamos un crumble de arándanos. Pedí un filtrado de V60 y ella un cappuccino, en cuya taza flotaba una rosetta hecha con expertiz.
NOS SOBRABA TIEMPO, PERO SE DILUÍA POCO A POCO LA COMUNICACIÓN.
La cuenta, por favor.
Aquellos hábitos y mañas que eran tiernos pasaron a ser molestos con los días. No volvimos a la cafetería, pero hubo cada vez más discusiones.
Seguimos bebiendo café por la tarde, hecho en casa. Nuestros ánimos fueron decayendo cada vez que nos veíamos. Nos habían despojado de la chispa inicial.
Altibajos de cualquier relación, pensé, olvidando aquella advertencia que había sido dada de manera oportuna.
Meses después estoy escribiendo desde este sillón, cuya suavidad logró atraparme;
AUNQUE YA NO ACOMPAÑADO.
EL SILLÓN SIGUE AHÍ.