No podía parar. Me costaba reconocerme en esas líneas difusas entre el querer ser y el encontrarme.
Justo al medio estaba el silencio, y me tocó esperar sentado a que pasara medio mundo. Medio mundo, medio día, medio tráfico. Todo MUY instantáneo.
BUSCABA CENTRO Y LENTITUD; DESCUBRÍ EL PROCESO.
Quería ese destello ensordecedor y encontré un vacío medio divertido.

Como de costumbre, caminé cerca de tres kilómetros antes de saber qué quería encontrar ese día. No lo supe hasta que ya estaba dentro: Eliodoro Yáñez, pasado Manuel Montt hacia el norte, con los autos avanzando detrás de mí mientras trataba de estacionar la bicicleta.
Entré, saludé, pedí y me senté. No pensé que no volvería a pararme de ahí.
Cada persona importante para mí estaba ahí, como un suspiro eterno de Ipran. Pude irme a negro sin culpa, imaginando cada conversación que me hubiese encantado tener. Había tanto que decir, tanto que escuchar.

Justo cuando comenzaba a descifrar la primera conversación, el amigo me dice:
— YA ESTÁ LISTO EL PINK BOURBON.
ENTENDÍ LO QUE ERA
FRENAR.
